viernes 18 de marzo de 2011

El Triunfo de la Muerte


Edición limitada a cien ejemplares, ilustrada con cuatro grabados de J.C. Álvarez Cabrero, Mario Cervero, Antonio Cid y Fermín Santos López.

Prólogo de Francisco Alba.

Intervienen veinticinco diferentes poetas en torno a un tema en común: la muerte. Una visión múltiple de la muerte, retomada una vez más, en ésta ocasión por autores contemporáneos, “autores vivos”

Javier Almuzara
Pablo Álvarez Martínez
Santiago Bertault
José María Castrillón
Antonio Cid
Herme G. Donis
Fátima Fernández Méndez
David Fueyo
Miguel Ángel Gómez
Javier F. Granda
Teo Hernando
Carlos Iglesias Díez
Estrella Itza
Jaime Luis Martín
Ceferino Montañés
Rodrigo Olay
Francisco J. Picón
Joaquín Piqueras
José Luis Piquero
Jesús Santos López
José Luis Sevillano
David Suárez, Suarón
Eva Vaz
Ana Vega
Néstor Villazón

Medidas: 28 x19 cm.

Grabados impresos sobre papel Super Alfa de 250 gr.
Textos sobre papel Torreón 160gr.

Precio: 250 € + 4% de IVA.
Fragmento de la introducción de Francisco Alba:
El hombre moderno es una invención. ¿A dónde hay que ir a buscarlo? No parece que se encuentre en la existencia individual, concreta, de cada uno de nosotros; más bien hemos de buscarlo en las estadísticas, en las redes sociales, en el rastro que dejan sus gastos o en la imagen que registra la cámara de videovigilancia. Hemos de buscarlo en los sondeos electorales, en la voz de la prensa, en los capitales que mueven los bancos y las compañías de seguros, en las cifras de venta de coches. Al hombre le ha pasado lo mismo que al electrón. Empezó considerándose como una entidad discreta hasta que la física cuántica determinó que consistía en una nube de probabilidad. No era concreto sino difuso. El hombre como ente individual, concreto, positivo, ha desaparecido aunque nos sigan doliendo las muelas y nos sigamos enamorando… y muriendo.
Que la muerte es histórica lo saben los estudiosos de la cultura. No ven de la misma manera la muerte el hombre primitivo que el hombre de las catedrales góticas, el salvaje de Nueva Guinea que el especulador de Wall Street. Hubo épocas que vivieron obsesionadas con la muerte: en el siglo XIV, durante la epidemia de peste negra que asoló Europa, se representaba a la muerte como un esqueleto que arrastraba, con su guadaña y el reloj de arena, al obispo, al soldado, al rey, a la doncella, al Papa, al campesino y al mendigo. Es decir, a todo bicho viviente. La muerte no respeta a nadie. Era la danza macabra que todos los estamentos sociales estaban obligados a bailar. La guerra, el hambre y la peste han sido desde siempre las calamidades que azotan a los hombres. En nuestra época la muerte existe sólo de forma nominal. Podemos seguir su rastro en las esquelas de los periódicos, pero no le vemos la cara. Hemos escamoteado la muerte. En occidente la muerte es un trámite administrativo que no está a salvo de la burocratización. Hemos domesticado la muerte. Los templos de la muerte contemporánea son los establecimientos funcionales que llamamos tanatorios donde a cada difunto se le asigna una sala. Una televisión indica el cubículo en el que se encuentra el cadáver. Hay un espacio y un tiempo asignado para llorar a los muertos. El luto desaparece de nuestra indumentaria, como el recuerdo dolorido que hay que enterrar cuanto antes. Ni rastro de la calavera. La muerte se ha vuelto abstracta. [...]

1 comentarios:

Santiago Bertault dijo...

Feliciades por este nuevo lanzamiento. Y gracias por dejarme ser un pata negra.
Saludos